Jaque mate

Lo más triste de las despedidas es que da igual cuánto queramos retrasarlas, es el final no escrito de la vida. Y más vale aceptarlo, más vale hacerse a la idea desde el principio de la novela. Lo más triste de las despedidas es cuando decides llevar tú la iniciativa, cuando te das cuenta de que la nostalgia sólo pesa mientras la cargues sobre tu espalda.
Porque lo efímero es vivir de ilusiones, la ilusión de que esa cosa se va a volver a producir. Que no hay nada que te deje con ganas para siempre, y que solo te quede el recuerdo.

Fin. Mayo de 2012.

Dulce introducción al caos

/ 31 de marzo de 2012 /

Yo sabía que ésto pasaría, y punto. Pero le di valor, porque me importaba, y creí que era recíproco. Ya veo que no. Que no me diferencio a los, las anteriores.
Sin preocuparse, no habrá próxima. ¿Más fría? Se da por hecho. Ahora creo que no tengo dudas de quién fiarme, y que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Gracias. Amistad como la tuya, ninguna. Con chorro y sin chorro de ironía. Pluralizado y sin pluralizar.

Ya no queda nada de ayer, porque el viento se lo llevó.

Is this the world we created?

/ 30 de marzo de 2012 /

Es increíble cómo eres. Es increíble cómo lo consigues. Y lo que es aún más increíble es cómo dándome igual, hay parte de la conciencia que tira en dirección contraria y me gira la cara. No sé qué me pasa. Estamos con lo de siempre. Siempre igual, siempre lo mismo. Las combinaciones de absolutos con rutina nunca fueron santo de mi devoción. Y volver, volver a ésto. Volver aquí, a contar ésto, sin contar nada. No lo entiendo, lo juro, imposible comprenderme. 
Han llegado los pantalones cortos, los veinticinco grados a la sombra y el mes de Abril. Hay algo tétrico en él que me releva directamente a la destrucción. En realidad, hay algo oscuro que se esconde tras cada mes, algo que me pone en alerta. Y es que, a mi pesar, tanto alarmismo consigue sacar de quicio ya no sólo a mi, sino a mi al rededor. Dios. ¿Por qué? Nunca podré contar nada. Mierda de orgullo. Mierda de miedo estúpido e incontrolado. Mierda de...
Muero de ganas, porque muero, de alejarme un poco de todos. Pero de verdad. 
Necesito respirar.

Mejor si desaparece(s)

Pale Blue Eyes

/ 28 de marzo de 2012 /

Y así se llamaba Alessa. Discreta-distante-distinta. Disconforme ante todo tipo de posición que no fuera la suya, más cerca de la intolerancia de la que nunca había hecho bandera que de ese lema mal escrito de "Haz el amor, y no la guerra". Se acercaba al Mercado Central los miércoles por la mañana siempre que lucía el sol. En realidad era más paseo que necesidad. Una especie de entretenimiento, de diversión o como quieras llamarlo a falta de sitio donde caerse muerta. Dedicaba gran parte de esas jornadas matutinas al robo y apropiación de cachivaches inútiles y de escaso valor que más tarde revendía en los puestecillos de la playa. Siempre que podía, se traía además las flores escondidas entre sus blusas, vaporosas y pasadas de moda. Y aún a su pesar, le sentaban como un pincel. Parecía sacada de una Vogue de mediados de los setenta, con un aire muy a lo Janis y la mirada profunda. Eran los ojos de Paul Newman. Eran los ojos más azules de Barcelona.
No sé por qué todos la querían, yo reservaba para ella mi más profundo desprecio. No me gustaban ni sus formas ni su torpeza, ni su escaso don de la palabra, esa educación que brillaba por su ausencia. Era un desquicio de persona, un desastre, un mes de Abril sin agua y sin sol. Sin nada, atípica hasta la mismísima médula, jugadora de póker en timbas ilegales bien entrada la madrugada. Cada noche en una cama, cada noche un hombre distinto. Y a todos los hubo amado. Amaba con locura sin dejar que ello la destruyera. Nunca le dio al whisky porque decía que era cosa de hombres, sólo bebía agua mineral, de la embotellada. ¿Ves? A eso me refiero. Su actitud. Mostrarse como una señorita, sin lado oscuro de la Luna. Sin ocultarse. Era un alma incansable, y feliz. Y era feliz porque se había hecho a sí misma.

"Ni si quiera sentía dolor, quizás me comiera la envidia"

Calibri 1-2

/ 26 de marzo de 2012 /

Amaneció como amanecen todos los días las metrópolis. A oscuras, con el típico clima húmedo y nuboso del que tanto se oye hablar del Noroeste.
Era la cuarta ventana empezando desde abajo y la séptima por la derecha. Un apartamento de escasos metros cuadrados con unas interesantes vistas a un muro de ladrillos color caldera, parte de atrás de una manzana de edificios que se aglomeraban a ambos lados de la avenida. Como los de las películas.
Céntrico, sobrio y escueto, de paredes empapeladas y muebles con aroma a polvo; poco costoso en lo que se refería al pago del alquiler y de vecinos discretos, a la par que escasos. Puerta acorazada, tres pestillos. El primero de ellos reventó la semana pasada cuando Ruddy subió con su propuesta formal de salir de copas junto a su inseparable cartón de vino. Televisor de quince pulgadas, mando a distancia, teléfono inalámbrico carente de batería... No, si no recuerdo mal era de pilas. En cualquier caso, bajo el sillón. Vajilla amontonada sobre el fregadero, calcetines a medio camino entre dormitorio y sala de estar y una especie de mesita portátil con una lata de cerveza sin terminar, aún no sabía muy bien por qué. A eso se reducía todo, y no necesitaba tampoco mucho más. Era una persona práctica dependiente sólo de su guitarra, una Gibson Les Paul roja que le regalaron al cumplir los diecinueve. Debía ser el único ente material al que tenía cariño. 
Tocaba todos los días sin hora ni sitio fijo. A veces en la cocina, a veces en la terraza. Una vez, incluso, se atrevió a llevarla consigo al Metro y allí mismo se plantó, como si de un músico callejero se tratara, a expensas de unas monedas o la simple satisfacción personal de haber cumplido una promesa. Una persona de costumbres, aún así. De rutinas y mañanas repetitivas y carentes de originalidad, perspectivas de cambio o tan sólo sorpresas. No eran escasas las madrugadas que divagaba con un "Buenos días" de algún antiguo compañero de la escuela, o un error en las vueltas al hacer la compra.. Despertador, cinco minutos más, despertador, desayunar, vestirse, lavarse la cara, lavarse los dientes, peinarse, coger el dinero, coger el bus, el trabajo, hacer fotocopias, tomarse el café, terminar las fotocopias, ponerse con el proyecto, timbre, autobús, llaves, casa, dinero, compra, casa, guitarra, cena, más guitarra, y a eso de las dos de la madrugada, de nuevo a la cama. Uno tras otro. Sucesivos, consecutivos, inamovibles. Así pasaban los días. Así pasaban las semanas. Y así iba dejándose, poco a poco, la moral.
Cogió el autobús de las nueve y veintitrés minutos. Sabía que no llegaría tarde, no, hoy tampoco. Los perfectos cálculos y horarios le habían permitido marcar la posibilidad de escoger entre varias líneas de autobús y metro con el suficiente margen de error entre parada y parada, por si se daba la misteriosa casualidad de que no llegara a tiempo. Planes de reserva que nunca se materializaban. 
Como de costumbre, estaba lleno. Costumbre también de que se tratara del mismo conductor. 
- Buenos días.
- Buenas.
Metió la mano en el bolsillo, removiendo las monedas que contenía en su interior. Contó el dinero justo y se lo dió al hombre.
- Aquí tiene su billete - dijo con voz sempiterna, y acto directo arrancó, cerrando las puertas con un golpe seco y mecánico.
Avanzó a zancadas hasta un asiento libre y apartado bajo la ventana, justo en un lateral, su preferido. Apartó la bandolera desdeñoso, dejándola a sus pies, y con un gesto de sumo cansancio, se sentó.
La calle estaba envuelta en un encanto tétrico y lúgubre, como el de las mañanas de Febrero en Seattle. A través del cristal se podía apreciar con detalle la humedad del ambiente, colándose entre los pliegues de la ropa y por cualquier mínimo espacio o microfibra. Tenía las manos congeladas, la nariz congelada, los pies congelados. Helado. En el telediario de anoche habían comunicado la llegada de las primeras ventiscas y tormentas a partir del lunes siguiente, y de que la población se mantuviera en estado de alerta por posible corte de las vías de comunicación con el pueblo. Aquel fin de semana justamente había ido a visitar a Helena a Port Angeles, y ya de paso a coger unas pocas provisiones por si era al final cierto aquello de que empeoraría el temporal en los últimos días. El ultramarinos de Carlsborg se había vaciado en cuestión de un par de jornadas, y tan sólo quedaban unas pocas latas de conserva, cecina y brandy que resultaban más bien poco útiles y apetecibles, por añadidura personal. No sería de sus prioridades con las rodillas cubiertas de nieve.


>> Pequeño proyecto en funcionamiento.
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Midnight City

/ 20 de marzo de 2012 /

A mi me gustaría un viaje a Londres. Siempre lo he dicho. He soñado meses enteros con visitarlo, creyéndome por las calles y el Candem, o colándome en el Metro. ¿Sabes? La sensación de que estás reservando toda tu euforia y que de repente, plaf, lo sueltas todo un par de segundos de adrenalina. No sé, como cuando subes por primera vez al Empire State y te asomas y lo ves todo tan pequeño, tan insignificante... Y no sabes si es que eres en realidad tú lo insignificante o lo que está allí abajo. Y por unos instantes se te pasa por la cabeza saltar, saltar y volar. Un helicóptero. Cerrar los ojos. La brisa en la piel. 
— Siempre has sido algo distinta a las demás. No te apetecía parecerte al resto.
— Lo sé.
— ¿Hay alguna razón para esa insana obsesión?
— Se trata una intensificación de algo que ha estado ahí siempre.
Es decir, imagínate, Londres. No sé, ¿no te llama? A mi me grita. Lo que más me gusta de ella, es el ambiente. Toda esa gente saliendo y entrando en las estaciones de Metro. Oxford Street en hora punta, los taxis, la lluvia, ese pequeño caos que se crea cada mediodía y cada medianoche. El olor de las cafeterías y el bar de cada esquina, el aroma de la cerveza fría. ¿Te has fijado, alguna vez, en los ladrillos de los adosados? Son rojos, como los de Manchester. Y la gente no sonríe. ¿Ves? A mi no me gusta esa gente. Son siesos y demasiado correctos. Pero no cambiaría nada por poder ver Abbey Road, o sentarme en un banco cerca del Thames. Y Dios, las cabinas, que sé que es tópico y que no te gustan los tópicos y siempre te quejas de ellos, pero me encantaría llamar desde una de ellas. Un té con pastas, fish and chips, pasar frío, no sé. Ojalá pudiera volver cada día y que me hiciera distinta, que me cambiara. Los viajes cambian a las personas, y yo a veces me veo como ella, tan gris, tan enigmática.
 No eres gris.
— No me conoces, que es al fin y al cabo distinto.
Sabes... soy feliz cuando pienso en ello. En poder viajar allí. En imaginarme tres semanas, un mes, dos, los que sean, lejos. Lejos de la gente. Creo que cuanto más noto que necesito a alguien, más lejos deseo estar de esa persona. No... no me gusta necesitar a nadie. Quiero ser libre, necesito ser libre. Sin ataduras. Necesito encontrarme con personas y saludarlas en un inglés indecente, necesito reírme con recién llegados y necesito no volver a verte.
 ¿De qué hablas?
— De que me canso de no saber si sí o simplemente paso.
— Deja de hablar en código.
— Que tenemos que dejar de ser amigos antes de que quiera hacerte daño.
Y por las noches tumbarme sobe la cama, como en verano, y encender la música y ponerme los cascos. Y no levantarme en horas, mientras suenan los Arctic, The Smiths, The Black Keys o yo qué sé. Cualquiera de estos grupos que hemos descubierto. Y hablar. Horas. Horas hablando y pensando si besarte o esperar a que te duermas, y dormirme mirándote.
 Quédate esta noche. Por favor.
— En el fondo no eres tan distinta.

"Yo siempre quise viajar a Londres. Siempre quise vivir allí. 
Un apartamento en la zona residencial, a veinte minutos
 del centro en autobús. Yo soñaba con despertarme por 
las mañanas con el cielo encapotado y medio paraguas sacado...


Too late

/ 19 de marzo de 2012 /
(via diary)

Me siento tranquila. Me siento ausente. Me siento.
Floto. En una piscina, boca arriba. Estoy relajada, los pensamientos fluyen sobre las palmas, sumergidas.
Es extraño, escucho. Todo es extraño ahora. Todo lo que quise, no lo quiero. Todo lo que ahuyentaba, lo reclamo. Pero estoy tranquila. El estómago está vacío. La piel está quemada. No sé si habréis probado alguna vez eso de no sentir dolor, y no me refiero a ignorar, ni nada parecido. Me refiero a un dolor físico, una herida. De las sangrantes, sin sentidos figurados. Un corte. Consiste en alejar tu mente de ese foco de dolor y centrarlo en poner la mente en blanco. Funciona, juro que funciona. (...)
Empiezo con un par de largos, pero los músculos no se relajan. Paro, respiro. Me duelen los hombros. Vuelvo a colocarme las gafas y comienzo a bucear. Se distorsionan los gritos de Valero bajo el cloro y el agua.
— Hacía tiempo que no te veía.
— Ya. Estaba ocupada.
— Eso parece. ¿Cómo es que has vuelto?
— Dicen que es bueno para la espalda.

Veinticinco minutos de vestuario. ¿Es un vals, eso que suena, bajo la ducha?... Empiezo a arreglarme, en un intento inútil de evitar mi reflejo. Recojo la bolsa. Un moño improvisado que acaba en melena al aire. Cuánto me ha crecido el pelo en estos meses, me encanta venir aquí, sin pájaros en la cabeza. No ha estado mal, debería repetir. Ruge. Hago oídos sordos. Y vuelve a rugir. Calla, por favor, aquí saco la manzana.
—  Hasta luego.
—  Adiós.
Un examen por preparar vuelve a inundarme de inquietudes cuando, de repente, lo veo. No puede ser cierto. No me lo creo. Debe ser imposible. El tiempo se detiene durante unos instantes. De golpe, en seco. ¿Qué...? Está apoyado contra la pared del polideportivo. Metro setenta y mucho, rozando el metro ochenta, podría jurarlo. Mira con una frecuencia de siete segundos hacia la puerta, jugueteando durante ese intervalo con una BlackBerry negra, sin funda. Equipaje a los pies, creo que juega al baloncesto. Da una imagen de desenfado, natural. Rubio oscuro, cejas pobladas, ojos verdes, pestañas rizadas, rostro anguloso, de rasgos duros y, aún así, con mirada de niño. Y su sonrisa. No puedo evitarlo. Su maldita sonrisa.
Estúpidamente parada de frente a un casi desconocido. Estúpida, en general. Como yo sola puedo serlo.


"Like a wall of stars, we are ripe to fall"



Hysteria

/ 17 de marzo de 2012 /

Y entramos en la vorágine de la autodestrucción, y ahora no sabemos hasta qué punto llegaremos ni si sobrepasaremos por equis distancia los límites ya impuestos. ¿Ciertamente? Me pienso poner hasta el culo. Voy a perder la cabeza. Voy a perder sangre, estómago y razón a base de alcohol y gritos.
Debe ser que estoy gafada, tachada, determinada completamente. Ahora no sé de qué siento más asco, si de mi propia existencia o la del resto de los que me rodean. Primer límite sobrepasado. Primer nivel de explosión. Único nivel que creo que puedo confesar, por lo menos aquí.
Matadme. Os lo pido, matadme.

Me ahogaré en mi propio vómito



Someone like you

/ 12 de marzo de 2012 /

De verdad que no puedo evitar que me coma por dentro. Y que duela. No sé si es porque son demasiadas las ansias de querer ser como ella, o por lo que pasó. No lo sé. Pero es peor si la curiosidad me pica, que a veces muera interiormente creyendo que ya no podrá hacerme daño. Y es que es verla y rendirme. Total frustración. 
¿Y por qué? Pausa. Ni de casualidad doy con la respuesta. Ni si quiera con la incorrecta. ¿Qué es peor, al fin y al cabo? ¿Dejar de ser o seguir siendo transparente? Juro no volver ni a intentarlo, que no, que sufro. Que si me obsesiono. Esa larga retahíla de inconvenientes que me repito en más de una ocasión. Pero vuelvo a lo mismo, que no me abandona esta angustia en el pecho. Se tratan de emociones no tratadas correctamente, residuales. Las cenizas que prenden la paja cuando no se pisoteó bien cuando el fuego estaba casi extinguido.
Los casi no aseguran nada. Que algo sea probable, no significa que suceda.
No me lo explico y no me lo quiero explicar. No quiero explicaciones. Para qué. Para qué, de verdad. Prometido que soy feliz y que he cambiado, que las cosas han cambiado, que se madura con los daños. Que no hay capas. Que no finjo. Que soy tal cual, con la dualidad. Pero yo. 
Y aún así no es suficiente. 


Y este verano me voy a Oxford. Perfecto, redondo, circular. 
No sé si realmente es a donde quiero ir.


Tighten Up

/ /

Vale, de acuerdo, relax, mierda.
Joder mierda. Stop. Piensa. Y no le des más vueltas a lo que no es. No leas entre líneas que no hay renglones.
Cross your heart. Lo prometido. Detente. Frena. Be cold. No one's gonna hurt you again. 
Así que sigue sonriendo, hazte la loca, sigue tu camino. Algunos trenes están hechos para verlos pasar de lejos. 
Sí. No. Sí. No. Sí, sí, sí.
No. No... Por supuesto que no. Es un caso aislado. Es nada. Déjalo. Es ella. Sí. Lo es. 
Vuelve Septiembre... siempre tiene que estar de vuelta. Puta mierda.

No tienes derecho a ... No lo tienes.

Hey Joe

/ 11 de marzo de 2012 /

Me temo que si nos ponemos a hablar de gafas y limpiacristales, podríamos tirarnos fácilmente hora y media saltando de un tema a otro sin sacar una conclusión clara, saliéndose por completo de lo pensado, compases de improvisación.
Me temo que voy a acabar convirtiendo ésto en la última pocilga, en el peor retrete de toda Escocia. Y así se queda. Voy a meter más mierda que nunca, voy a cerrar y a empezar así, de cero coma cinco. Avanzar sobre lo aprendido no es sólo avanzar, sino llegar mucho más allá, ya que conoces el terreno, no te resulta nuevo.
No entiendo el esfuerzo extra por hacer parecer lo que pienso un poema. O una novela. O el monólogo de Hamlet. Para nada es necesario, mucho menos imprescindible y en la misma línea exigible. Mi caso es el de tantos principiantes frustrados por el quiero y no puedo. Y me gusta, aún que suena... conformista. Si escribo así, de esta manera, pues bueno. A algunos les gustará más o menos, pero es lo que hay. A tiempo de cambiar siempre se está.
Y a mi me apetece hablar de lo mío, ya que soy muda en la vida real. Se atragantan las palabras en el momento adecuado.

Hace ocho años que seguimos recordando a los 191 del 11 de Marzo.
Que nunca tengamos que olvidarnos, y sobretodo, mi más sincero apoyo 
a las familias. Todos somos madrileños.



Blanca

/ 9 de marzo de 2012 /

Se retorcía amargamente sobre las sábanas. Gritos. Lágrimas. Sangre. Desgarrones a lo largo de brazos y ropa. Tétricos, dos grandes manchas oscuras cubriendo ambas cuencas oculares. Chillidos, profundos, infrahumanos. Blanco calavera. Blanco infernal. Blancómo has llegado hasta aquí, si dijiste nunca más, que lo dejabas, que te querrías más. Blanco mentira. Blandecadencia. Blancas promesas. Jurabas ser distinta, diferente, llegando hasta lo más profundo de mi mente. Quién sabrá lo que sueñas, razón por la que vuelvo a verte. Blanca, hermosa, perfecta, la razón por la que permanezco fiel.
Blanca, eres tan cruel.

Siempre hay cuchillos en el cajón

From the Ritz to the Rubbles

/ 8 de marzo de 2012 /

Si es que quién me manda a mi ver nada, y quién me manda a mi acordarme de lo que fuera. 
Se nota que es de esa clase de cosas que ni se pueden olvidar, ni perdonar, ni arrancar. De ninguna parte. Ni de memoria ni cerebro ni corazón. Pase el tiempo que pase, no terminaré de superarlo. Siempre hay alguna fastidiosa y atractiva forma de arrancarse la costra de la herida...
En fin. A qué mala hora se les ocurre a ellos. Que sé que no soy la única que se ha atrevido a abrir la caja de Pandora. Esa puta caja.

Casi que prefiero pasar de página y tema, que este párrafo no me gusta. 
En absoluto.

"-A ver, Christina, dime, ¿A dónde nos conduce todo esto? 
-Yo que sé, Nacho, cada vez que creo que sé a donde voy acabo
 en un sitio distinto, el destino es el único accidente posible."


Puta mierda.

Is this it?

/ 5 de marzo de 2012 /

Sí que existe algo más cruel que bucear en las intimidades ajenas.
Sus consecuencias.



/ 4 de marzo de 2012 /

 
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